El cristal que ya tenía dueña
Ayer dos niñas llamaron a la puerta de casa.
Venían ilusionadas porque habían pasado el día anterior buscando cristales en una playa de la Costa Brava y querían regalármelos.
Nada más abrir la bolsa ocurrió algo que me hizo sonreír.
Una de ellas apartó rápidamente uno de los cristales y dijo:
- Este no te lo doy. Me recuerda a un diente de tiburón y quiero que me hagas un colgante.
Su hermana hizo exactamente lo mismo.
- Y este tampoco. A mí me gustaría llevarlo como pulsera.

Todavía no existía ninguna joya.
Ni siquiera habíamos hablado de diseños.
Pero ellas ya habían elegido su cristal.
En ese momento comprendí que, a veces, no somos nosotros quienes elegimos un cristal.
Desde aquel día estoy aún más convencida de que, a veces, no somos nosotros quienes elegimos un cristal. Es él quien encuentra a la persona con la que quiere continuar su historia.